La comunidad agustina celebra la solemnidad de san Agustín

 

El jueves 28 de agosto, la comunidad agustina se reunió en la parroquia Nuestra Señora de Gracia para celebrar con fe y gratitud la solemnidad de san Agustín, padre y maestro espiritual de la Orden. La Eucaristía congregó a religiosos, directivos y líderes, colaboradores de las obras apostólicas, curia y sedes provinciales, así como a feligreses de las parroquias de la Provincia.

La celebración fue presidida por Monseñor Juan José Salaverry, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Lima, y concelebrada por Fr. Nelson Pinzón, OSA, Vicario Provincial, y Fr. Álvaro Matías, OSA, párroco de Nuestra Señora de Gracia.

Una herencia que estamos llamados a vivir

 

Durante su homilía, Mons. Salaverry invitó a toda la familia agustiniana a reconocer el don recibido de san Agustín y a vivir su carisma con fidelidad.

Al recordar la invitación de san Agustín a vivir como “una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios”, destacó que esta llamada alcanza a toda la familia agustiniana y nos recuerda que la vida compartida forma parte de nuestra búsqueda de Dios.

“La Orden tiene la obligación moral y espiritual de transmitir, con una vivencia cada vez más pura, firme y profunda, el espíritu que nos ha transmitido san Agustín.”

En sus palabras, Mons. Salaverry recordó que recibir la Regla y el carisma agustiniano no significa solamente acoger una herencia, sino asumir el compromiso de hacerla vida. Se trata de responder, desde nuestra propia vocación, al don recibido y vivir de acuerdo con los principios que san Agustín nos ha legado.

También destacó la importancia de mantener vivo el amor a la Verdad y la búsqueda de Dios, invitando a los presentes a seguir profundizando en aquello que san Agustín nos ha transmitido.

Una celebración en comunión

 

Al finalizar la Eucaristía, los participantes compartieron un momento de encuentro en las instalaciones de la parroquia, fortaleciendo los lazos de fraternidad de la comunidad agustina. 

Celebrar a san Agustín es también renovar el deseo de buscar juntos la Verdad, vivir como una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios, y poner nuestra vida al servicio de la Iglesia y de nuestros hermanos.